El Blog de Javier Caraballo

Javier Caraballo es periodista de EL MUNDO. Es redactor Jefe de Andalucía y autor, de lunes a viernes, de una columna de opinión, el Matacán, sobre la actualidad política y social. También participa en las tertulias nacionales de Onda Cero, "Herrera en la Onda" y "La Brújula", y en la tertulia andaluza de esta misma cadena "Ruedo Andaluz".

17 noviembre 2009

Inculpación


Yo también habría bajado las escaleras para que parasen la obra. Es el instante que presentimos algo va a estallar, porque te has despertado con ruido, has desayunado con ruido, has trabajado en el despacho de tu casa con ruido, has comido con ruido y ahora, cuando son las tres y media de la tarde, sientes que la sangre se ha ido agolpando en la sien, comprime las venas y parece que se va a desbordar. Te duele la cabeza, te va a estallar. Sí, habría bajado las escaleras para pedirle al jefe de obra que parase la maquinaria un instante, la radial que corta las grandes baldosas de mármol para la acera, la hormigonera que remueve incesante las paletadas de cemento, arena y grava; el calambrazo de la radial, fugaz, estridente, y el run-rún monótono, constante, de la hormigonera.

Si, yo también habría bajado las escaleras y hubiera pedido que llamasen a la policía local, porque a esas horas sólo un policía local puede conocer que tu ayuntamiento, verde, ecológico y sostenible, ha aprobado decenas de ordenanzas que garantizan el descanso de los vecinos. Y ésta es una obra pública y lo que se espera de lo público es el ejemplo, no la trasgresión ni el abuso. Un cartel en medio de la calle, “estamos trabajando para usted, perdone las molestias”, no es un salvoconducto para saltarse todas las prohibiciones. ‘Obra pública, prohibido protestar’. Pues no. En una democracia, nadie, ningún alcalde, ningún plan especial, está autorizado a convertir en un calvario la vida de cientos de miles de ciudadanos por una mala planificación de los proyectos, por una demora injustificada, por una concentración de obras en la vía pública, innecesaria, inhumana.

Sí, yo también habría bajado las escaleras y, si al llegar la policía, en vez de escuchar mis reclamaciones, me hubieran pedido la documentación, a ti, no a la radial ni a la hormigonera, me habrían detenido porque a las tres y media de la tarde, en chandal y después de comer, la cartera se ha quedado arriba, en el piso. En todo caso, es igual, porque está muy claro que no es la documentación lo que busca la policía sino el escarmiento. Lo sabes por esa sensación extraña que te lleva a, de repente, verte y oírte protestar como si estuvieras fuera de tu cuerpo, como si tus palabras las devolviera el eco de un abismo en el que estás a punto de caer. Un estorbo, una odiosa incomodidad, la impotencia, la pesadilla, de sentirse diminuto, insignificante, frente a un poder gigante, capaz de ridiculizarte delante de todos, tus vecinos, tus amigos. Delante del jefe de la obra que mira, sonríe, y vuelve a poner a funcionar la hormigonera y la radial.

Si, yo también habría bajado las escaleras y habría acabado en la comisaría, en un calabozo, humillado en un rincón, mirando fijamente una pared que te repite: ‘no eres nadie’. Éste ha sido el proceso a la abogada malagueña Inmaculada Gálvez. Yo no estaba allí, no sé lo que ocurrió, pero me creo la sinceridad de sus lágrimas cuando me contaba lo ocurrido, la pena grande de verse condenada por algo que no ha hecho, la angustia de sentirse maltratada por todos, odiada por todos. Seis meses de cárcel. Qué barbaridad. Sí, supongo que esto es una inculpación moral: Yo también hubiera bajado las escaleras. No te arrepientas de eso. Que eso es lo que se espera de un buen ciudadano.


Ilustración: Paraíso en Obras

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12 noviembre 2009

Bolas chinas




En el último congreso de UGT de Andalucía, celebrado en Jerez, los sindicalistas recibían a la entrada una mochila con la correspondiente acreditación, un par de bolígrafos, una agenda y un detalle muy especial: unas bolas chinas.

– ¡Toma ya! Anda que les van regalar los tres tomos de El Capital. Esto es lo que quedaba por oír de la crisis de las ideologías: Ya se puede imaginar ese final de congreso, todas las sindicalistas en pie, cantando La Internacional con el ánimo encendido por las bolas chinas… Pero, ¿eso qué era, un congreso de UGT o una reunión de tapersex?

No, no, era el congreso de la Federación de Servicios de UGT de Andalucía. Y si se atiende a las explicaciones de la secretaria general de la Federación, Olvido Aguilera, el obsequio de las bolas chinas es mucho más que eso; es mucho más elocuente. Dice la dirigente sindical que el regalo de las bolas «es por un tema, fundamentalmente, de género». Esto es lo esencial. Las bolas chinas como regalo pertenece al reino del lenguaje de género, de la sostenibilidad o el igualitarismo, que lo mismo se aplica a la educación que a las religiones. Son los mimbres de esa ideología boba que se presenta como una nueva izquierda. Si el género es un capítulo esencial de esa nueva ideología, es lógico que el nuevo referente puedan ser unas bolas chinas; es un regalo, o sea, de contenido ideológico porque la ideología se ha reducido a eso.

Ocurre, además, que aunque desde fuera cualquiera se ruboriza al analizar estas cuestiones con un mínimo rigor intelectual o con la mínima sensibilidad de izquierda real, cometeríamos un error enorme si pensamos que todo esto no pasa de ser una enorme frivolidad, sin más trascendencia. No. Aunque desde fuera produce sonrojo, la verdad es que, al menos hasta ahora y por lo menos en España y en Andalucía, ese discurso de pretendida nueva izquierda ha logrado plenamente sus objetivos. Si lo esencial es buscar elementos de diferenciación con ‘la derecha’, si lo fundamental es levantar siempre un muro, otra línea divisoria entre los conceptos de izquierda y la derecha, estas nuevas fronteras que se han trazado han funcionado a la perfección, aunque nada tengan que ver con los valores esenciales de la izquierda, del progreso, ni con los problemas reales de este tiempo.

– O sea, que bolas chinas, ¿no? Y a los tíos, que eran el sesenta por ciento del congreso de UGT, qué le regalaron, ¿una vagina a pilas o una muñeca hinchable?

No, eso hubiera sido un regalo sexista… A los señores sindicalistas también les regalaron las bolas chinas. Dicen que para acabar con el tabú y los complejos y porque, en cualquier caso, siempre se las podrán regalar a sus parejas a la vuelta del fin de semana de congreso. Se decía que Pablo Iglesias era, ante todo, un luchador que tenía una gran pasión por la libertad, por la democracia, por la justicia, y que esa pasión fue la que le llevó a fundar el Partido Socialista y la UGT. Calculen ustedes la distancia que va desde la pasión al placer, de Pablo Iglesias hasta las bolas chinas, y podrán trazar el abismo que separa a la UGT de sí misma.

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Cultura política (y 2)



«Otra democracia es posible» fue el nombre de la coalición o amalgama que se presentó en las últimas elecciones municipales y generales con un logotipo que difícilmente se podía confundir con otros: una mano introducía una papeleta de voto en el váter. Durante la campaña electoral, siempre se les podía encontrar en los reportajes pintorescos de la jornada, como aquella vez que presentaron un lema referido a la sexualidad del votante: «Hacerlo cada cuatro años provoca impotencia». Como era previsible, llegaron las elecciones y nada más, cero. Ni siquiera podría considerarse un fracaso porque, ciertamente, tampoco existía expectativa alguna de éxito.

Es normal, sí. Porque el estado de cabreo raras veces se convierte en estado electoral si no hay nadie que sepa liderarlo. Volvamos a la duda original de la nueva cultura política: ¿Por qué la sociedad está cada vez más harta de los escándalos de corrupción y de privilegios de la clase política y, sin embargo, cualquier aventura al margen de los grandes partidos está condenada al fracaso? La realidad es que en la democracia actual triunfan quienes manejan la política con técnicas de mercado. La ‘democracia marketing’ en la que, como confesaba Alfonso Guerra, lo esencial en los partidos no son los ideólogos, los pensadores, sino los especialistas en sondeos y los consejeros de imagen capaces de crear «el nuevo modelo de representante político que obedece más a las leyes del mercado que a sus propias ideas».

A raíz de lo que acabamos de ver, podemos concluir, como parece obvio, que en el mercado político, como en cualquier otro, no se puede triunfar con la anti-oferta; puedo estar harto de una marca, me puede haber decepcionado un producto, pero si no aparece otro mejor, con más calidad, no dejaré de adquirirlo cuando me haga falta. Y entre la propuesta de tirar el voto al váter o introducirlo en la urna, siempre es más atractiva esta última aun cuando pensemos que no sirve de nada. El mercado es, sobre todo, pragmático.

En esta misma tesis abunda Vicente Verdú en El capitalismo funeral. Dice: «Lo característico de estas movilizaciones es su desafección de lo político. Rechaza ser calificado de derechas o de izquierdas y (…) carece de jefatura y de jerarquía. (…) Procede sin duda de la misma cultura de demanda de equidad, transparencia y verdad, pero ¿qué ideario? ¿qué otra democracia? ¿cómo será posible?».

Antes de contestar, vamos a un ejemplo práctico, reciente. Denuncias en la Cámara de Cuentas andaluza por sobresueldos injustificables y la reacción inmediata de todos los partidos, todos, es la de justificar esos extras abusivos. «Es legal», dicen. ¿Y qué? Sólo bastaba, claro, que los sobresueldos no fueran legales... Y añaden: «No hay diferencia con lo que ocurre en otros organismos similares». En eso, o sea, nada que objetar. Es verdad: Lo de la Cámara de Cuentas andaluza, multiplicado por miles, nos daría la cifra del cabreo ciudadano.

¿Otra democracia es posible? En el triángulo que se establece entre la sociedad, la política y el poder todo está inventado desde hace mucho. «El genio político –decía Hegel– consiste en identificarse con un principio». Si lo consideramos así, acabaremos de nuevo en un círculo vicioso: si el movimiento antisistema o el hartazgo social no contiene ningún principio, no puede aspirar a cambiar el mercado político, con lo cual la única posibilidad de modificar el sistema es a través de uno de los partidos clásicos, que son los únicos capaces de concitar el genio político

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09 noviembre 2009

Cultura política



Para cualquiera que haya trabajado en la redacción de un periódico o de una radio, incluso para cualquiera que se haya aficionado a los relatos o las series sobre los periodistas, le resultará familiar el grito de estupefacción, “¡Es que no lo entienden!”, con el que los redactores de The Dally Telegraph recibían las noticias de la Cámara de los Comunes al publicarse la primicia de los sobresueldos, las dietas y las facturas que los diputados cargaban al erario público, desde hipotecas hasta comida para perros. El escándalo entre la ciudadanía era mayúsculo y la clase política británica se enrocaba, presentaba como soluciones promesas de transparencia que se apilaban sobre las anteriores; no lo entendían y, pese a la vergüenza de aquellas facturas, se presentaban ante la sociedad como víctimas de la podredumbre de aquel sistema.

Por aquel escándalo que destapó el Telegraph acabaron dimitiendo el presidente de la Cámara de los Comunes, una docena de ministros y un centenar más de parlamentarios que no volverá a presentarse a unas elecciones. Aún así, William Lewis, director del Telegraph, recordaba estos días en España, a raíz de los premios periodísticos que convoca EL MUNDO, que “unas simples dimisiones no modifican la política”. Y añadía: “Lo que ha cambiado en realidad es la cultura política: La ciudadanía ya no va a aguantar más la sensación de disfrutar de unos derechos sin límite que han emponzoñado prácticamente a todos los parlamentarios, salvo a una honorable minoría”.

Pero, ¿de verdad ha cambiado la cultura política? Es evidente que el personal cada vez soporta peor las noticias sobre los excesos de la clase política, pero sólo un optimista patológico puede llegar a pensar que la ciudadanía ya no va a aguantarlo más. Para que eso suceda, para un cambio real de la cultura política, el ciudadano cabreado, hastiado, necesita previamente de mecanismos eficaces para remover la estructura de partidos actual. Dicho de otra forma, si la irritación ciudadana no logra canalizarse y hacerse presente en el sistema, nada cambiará porque el malestar no pasará de charlas de café y, en todo caso, de un aumento progresivo de la abstención; crecerá la desafección hacia la política, como se plasma a diario en los sondeos. Y todos los intentos habidos hasta ahora para trasladar a las urnas ese cabreo sordo ciudadano se ha esfumado el día de las elecciones, en el que vuelve a prevalecer el juego clásico de los partidos políticos.

A poco que distanciemos la mirada, observaremos que la burocracia política ha crecido de forma exponencial (especialmente en España, con la aparición de una clase política nueva, la autonómica) y toda ella reproduce los mismos vicios, a la escala correspondiente. Así, por ejemplo, los sobresueldos que se conocen hoy de los miembros de la Cámara de Cuentas andaluza serán mayores o menores en cuantía que otros escándalos de abusos, pero pertenecen al mismo patrón; surgen de la misma concepción de la política como un privilegio, la misma lógica que llevó a los lores británicos a considerar normal que sus facturas domésticas se cargaran en el presupuesto general. ¿Cambiar de cultura política? Sí, esa es la asignatura pendiente. Pero de momento no hay profesores que la impartan.

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08 noviembre 2009

Analfabetos



Imaginemos a un ilustre conferenciante en el aula Magna de cualquier universidad andaluza. Se celebran unas jornadas sobre la crisis del modelo universitario y aquella es la conferencia estelar, un hombre admirado por todos, al que nadie discute ni su trayectoria ni su pensamiento. Por tanto, allí están todos, expectantes, algunas autoridades, los profesores y un buen número de alumnos. Y dice el conferenciante: “Todo cuando se diga del deterioro del sistema educativo es poco. En la popularización y simplificación última de los principios pedagógicos ‘modernos’, que tienen ya dos siglos a la espalda, se ha llegado aquí a sostener oficialmente que corregirle la ortografía y demás primores gramaticales a los muchachos equivale a cortarles su espontaneidad creadora. Y las universidades, igualmente inundadas de analfabetos. Baste traducir una noticia de estos días, que dice así: ‘Los estudiantes podrán ganar puntos académicos subiendo a la montaña rusa y escribiendo acerca de esta experiencia. La actividad se enmarca en un curso denominado Estudio de Cultura de la Montaña Rusa en el que participan sociólogos, arquitectos e historiadores de arte que tratarán el tema de las montañas rusas desde sus propias perspectivas’.”

Imaginemos que en el aula magna se extendió entonces un murmullo, entre la sorpresa, la risa y la desaprobación, que el conferenciante supo aprovechar para detenerse un instante, alzar la mirada a su auditorio, y aguardar de nuevo a que se hiciera el silencio para exponer sus conclusiones: “Entre las muchas vueltas que se le está dando al problema del analfabetismo funcional, y entre las diversas causas que contribuyen al fenómeno, todavía no he tropezado con la duda de que tal vez no todos los seres humanos tengan la voluntad o la capacidad mental para aprender las primeras letras. Y ojalá no se caiga en la cuenta de que pudiera ser así, porque entonces se postularía como ideal democrático la igualación en un nivel de analfabeto… El analfabetismo, en fin, es inevitable si se supone que todos los ciudadanos han de poseer un título académico, si, además, cualquier distinción está mal considerada y si, en definitiva, la democracia no es entendida ya como igualdad de oportunidades sino como nivelación por el más bajo rasero”.

Imaginemos que algunos periódicos del día siguiente situaban destacada la noticia de aquella conferencia, con titulares a cuatro columnas y una foto del conferenciante con la mano abierta, un gesto subliminal que recuerda al instante el ‘basta ya’ de tantas manifestaciones. Y un editorial elocuente: “Todos iguales, todos analfabetos.

Podemos imaginarlo así, tendremos que imaginarlo así porque, en realidad, la reflexión anterior se produjo y llevaba la firma de una persona ilustre, sí es real, pero con una sola diferencia sobre lo que hemos imaginado: que no era una conferencia sino el fragmento de un ensayo escrito por Francisco Ayala en 1978 sobre el momento actual de la cultura. ¡Hace 31 años! O sea, cuando a España le quedaban todavía un sin fin de reformas educativas por delante, entre ellas la ‘revolución’ de la Logse y la que está por llegar, del plan Bolonia, un gran ideal que, a lo que se ve, se va degenerando igualmente por los mismos derroteros de igualitarismo. Ayala ha muerto. El escalofrío de estas reflexiones viene bien para mantener el recuerdo de su excelencia y la contundencia de sus advertencias. Treinta y un años han pasado… Produce vértigo pensar dónde estaremos ahora.

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05 noviembre 2009

Callejuela del Zapato



Muntazer Al Zaidi es el auténtico héroe de nuestro tiempo. No sé cómo no le han puesto ya una calle en Sevilla ni cómo no lo han invitado a dar conferencias en la Fundación de las Tres Culturas de la Junta, ese «centro de colocaciones» que cuesta, nada más que en alquiler, 172.000 euros euros al año (lo cual, por cierto, no se entiende, porque la sede es el pabellón de Marruecos en la Expo 92, un edificio que fue cedido a España). En fin, a lo que iba: que desde que Muntazer le tiró el zapato a Bush en una rueda de prensa, el periodista iraquí se ha convertido en una celebridad en todo el mundo, oriente y occidente. Y antes de que se les ocurra el homenaje, detengámonos un momento.

Vamos a analizar el fenómeno contradicción a contradicción. Primera: Muntazer lanza su zapato a Bush en una rueda de prensa en Bagdad, según repite, por «la guerra de Irak, los gritos de las mujeres y el llanto de los huérfanos». La sensibilidad y el compromiso de una persona tienen como exigencia primera la universalidad si no se quiere tropezar con la hipocresía y el cinismo. Es decir, no es posible hacer distinción ni entre las víctimas ni entre los tiranos porque, en ese caso, ante esa discriminación, cualquier discurso acaba destruyéndose a sí mismo. ¿Por qué en sus 30 años de vida el periodista Muntazer no tiró su zapato contra Sadam Hussein? ¿Qué pasa con las viudas de Sadam, con sus huérfanos, con sus lágrimas? No sabemos por qué no tiró sus zapatos a Sadam, pero sí podemos estar seguros de una cosa: Muntazer hoy ya no estaría vivo; estaría juzgado, condenado y ejecutado. Ningún demócrata, nadie que crea en la libertad, confunde la tiranía con los abusos de una democracia.

Segunda contradicción: el juicio. Muntazer lanzó su zapato y, días después, a lo que renunció el presidente de Estados Unidos fue a presentar cargos contra el periodista. Por esa actitud, el delito que se le imputó a Muntazer pasó de ‘agresión contra un jefe de Estado’ (que se paga con siete años de cárcel) a un delito menor de ‘insulto a un líder extranjero’ (nueve meses de prisión). En el juicio, el periodista rehusó disculparse («Volvería a hacer lo mismo») y su abogado defendió su acción como «un acto de libertad de expresión». El zapatazo se produjo en septiembre de 2008 y un año después, en septiembre de 2009, Muntazer ya estaba en libertad. Y ello porque la Justicia que surgió de la guerra, que no es la Justicia de un tirano, es la que ha hecho posible un juicio justo. De ahí el atasco mental: si se afirma que la guerra de Irak sólo fue un acto criminal, si no sirvió para nada, cómo admitir que un acto criminal puede tener efectos positivos, avances esenciales para la libertad de expresión de Muntazer y su derecho a un juicio justo. Bonito enredo. Es como intentar hacer pasar por ‘rasgo cultural’ el hecho de que, por su zapatazo, varios magnates árabes le hayan obsequiado con sus hijas de 18 o 20 años. Igual que otros le han regalado un caballo, un coche o un fajo de billetes.

Ahora que Muntazer acaba de salir de prisión, lo primero que ha hecho es crear una fundación de ayuda a Irak y abrir una cuenta en un banco en Suiza. Es la última de sus contradicciones. ¿Por qué en Suiza? ¿Por qué no en Irak, ahora que los soldados americanos se baten en retirada? Tampoco hay respuesta lógica: Si se afirma que Muntazer es líder y referencia de los ‘insurgentes’, no tendría por qué temer un atentado. Si embargo, es así. Por eso se ha instalado en Europa; porque Europa es el lugar ideal para que Muntazer pueda desarrollar su idolatría; alejada de la realidad, acampada en las moquetas de las alianzas de civilizaciones. Al tiempo, que ya lo veremos por aquí, en un atril o en una calle. ‘Callejuela del Zapato’, por ejemplo. ¿Qué les parece?

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04 noviembre 2009

Inquisidores



Para extorsionar a un juez, lo mejor es convencerlo de que durante la instrucción del sumario sea despiadado con quien lo soborna. Que a ojos de todos, salten chispas cada vez que el juez cita a declarar a su procesado; que una mirada de odio lo atraviese, que un vozarrón lo estampe contra la pared cuando le ordene silencio; que se le espese la saliva en la comisura de los labios cuando dicte la orden de prisión sin fianza y desestime todos los recursos de sus abogados. Que ordene grabaciones de todos sus teléfonos y lo humille luego públicamente con filtraciones de sus comentarios más groseros. Después de una instrucción así, a cara de perro, ¿quién iba a sospechar que lo único que buscaba el juez era la libertad del acusado; que lo había sobornado el delincuente para, ante la contundencia de las pruebas en su contra, el juicio se declarase nulo y el acusado quedase libre, absuelto de todos los cargos? No hay que darle más vueltas, para extorsionar a un juez lo más efectivo sería una instrucción inquisitorial, que es, además, lo que suele pedir el personal.

Si se repasa la historia judicial reciente en España, encontraremos varios casos que servirían para ilustrar lo anterior. Con una diferencia esencial: la actuación de esos jueces no se debe a que hayan sido sobornados por nadie sino que está provocada por el virus del estrellato; la independencia judicial les produce un vértigo, un mareo, que les hace verse a sí mismos como seres sobrenaturales. No, no es cuestión de dineros ni extorsiones, es la vanidad de algunos jueces la que conduce muchos casos al fracaso. Asuntos que nacen con una carga probatoria contundente, voluminosas como toneladas de fardos de hachís o contante y sonante como un maletín de billetes, y que acaban anulándose por completo porque, en su día, el juez se excedió en la autorización de las grabaciones telefónicas o que no atendió debidamente las garantías procesales de los acusados. ¿Va a ocurrir lo mismo con el caso Gürtel o con Malaya, como anticipan los abogados?

No hay mayor frustración en una democracia que ver salir por la puerta de un juzgado, sonriente, desafiante, a quien de sobra sabemos culpable. Cuando eso sucede, el error está en pensar que el problema es del exceso de las garantías de un Estado de Derecho. No, el error es confiar en esos ‘jueces estrella’ que viven de su propio espectáculo. Sólo cuando se comprende lo anterior, crece la admiración por los jueces callados, trabajadores, rigurosos y discretos hasta la exasperación; jueces que nadie conoce, que jamás aparecen en los periódicos, y que tienen a sus espaldas grandes sentencias, su única forma de expresión pública. Jueces que no ven en la independencia judicial un altar, un púlpito de adoraciones, sino un pilar esencial de la democracia, un ejercicio imprescindible de responsabilidad pública; jueces que no se marean cuando se suben al estrado del tercer poder. Por esos jueces a los que admiro, por el hartazgo de los jueces estrella, urge una reforma profunda del sistema judicial español que haga recaer en los fiscales la instrucción de los procedimientos. Ganará la investigación con la especialización de los fiscales, ganará la Justicia al fortalecerse la independencia del juez cuando, ajeno a la instrucción, dicte la sentencia y, sobre todo, ganará la sociedad con la erradicación de esa especie ampulosa que habita entre las togas, los jueces estrella.

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03 noviembre 2009

Si entrem en això...



«Si entrem en això, tots ens farem molt de mal. Si entrem en això, tots olorar malament». Lo ha dicho Pujol sin carraspear, lo ha dicho del tirón y con el dedo índice de la mano derecha, ligeramente encogido, agitándose al compás, con la experiencia de quien oyó silbar las balas de Banca Catalana en sus oídos («vamos a meter en la cárcel a Jordi Pujol», que dijo aquel delegado del Gobierno andaluz). Lo ha dicho con la contundencia de quien se ve desprendido de ataduras y compromisos, con la libertad incómoda de quien ha comenzado a descodificar los secretos de su memoria. «Si entramos en eso, todos nos haremos mucho daño. Si entramos en eso, todos oleremos mal». Lo ha dicho y el hedor reconocible nos desvela que, en efecto, los sumarios que se van abriendo estos días no son sino muestras fehacientes de un mal generalizado: la corrupción política.

Pero es esa advertencia que nos señala que la corrupción política en España afecta a todos los partidos, corrupción transversal, que decíamos hace unos días, la que debería provocar en la clase política una catarsis de limpieza; es esa amenaza la que debería impulsar a la sociedad a exigir a los partidos políticos, no un pacto de silencio, sino un acuerdo general para desmantelar las estructuras que hacen posible esta corrupción extensa. El error está en pensar que la corrupción afecta sólo a los procesados y no a los partidos políticos en los que han convivido cómodamente hasta que una investigación judicial destapa un entramado de recalificaciones y de enriquecimiento. Cuando el listado de delitos es siempre el mismo, una retahíla que se repite idéntica tras cada redada (prevaricación, tráfico de influencias, falsedad documental y blanqueo de capitales) y afecta por igual a todos los partidos políticos, es la democracia española la que tiene un problema de primer orden. No son los partidos políticos los que tienen el problema, es la sociedad la que tiene el problema con sus representantes.

Lo cual, que lo que habría que hacer es, precisamente, lo contrario de lo que dice Pujol; lo que hay que hacer, de una vez por todas, es entrar en eso. Que no es tan complejo de desentrañar, o sea. La corrupción política tiene su origen primero en las estructuras cerradas de los partidos políticos. Es entonces cuando la política degenera hasta convertir un servicio público en una clase privilegiada, enrocada en el poder. A partir de ahí, de esa concepción de casta, la lucha por el poder no conoce límites y se muestra siempre dispuesta a sisar en las contrataciones públicas unos porcentajes con los que fortalecer las estructuras, la maquinaria que les ayuda a vencer. Como una concatenación fatal se une la desproporcionada burocracia política, la abultada estructura de los partidos (contagiada luego a sindicatos, patronales y todo cuanto se alimenta de ese esquema poder) y los desmesurados gastos en las campañas electorales, que son ya permanentes. Lo de menos, contemplado el problema desde esa perspectiva general, son aquellos que, a su vez, agrandan sus bolsillos y se aprovechan de la corrupción admitida por el sistema, el hedor generalizado del que habla el honorable. Lo de menos son los pijos valencianos o los aprovechados del Poniente almeriense.

Que no, que no es lo que dice Pujol, que es lo contrario: Si no entramos en eso, entonces será cuando acabemos mal.

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02 noviembre 2009

Días de rosas



Yo jugaba en la tierra colorada, como de albero tostado, mientras las mujeres de negro, arrodilladas frente a tumbas de cal, le pasaban un trapo húmedo a las lápidas de mármol. Las miraba en silencio, cuando agachaban la cabeza y metían el trapo en un pequeño cubo de plástico, luego lo sacaban y lo retorcían para exprimir el agua enjabonada, y de nuevo lo volvían a poner sobre la lápida, como si la acariciaran, describiendo círculos pequeños que se hundían en las letras doradas del nombre del marido muerto, del hijo muerto, de la madre muerta. Limpiaban y lloraban, se comían las lágrimas y se mordían los labios.

A lo lejos, desde aquel rincón de tierra colorada, el cementerio podía imaginarse como una ciudad de grandes edificios encalados, balcones desbordados de flores y calles anchas, pero todos, incluso un niño como yo, sabía muy bien que nadie se divertía en esta ciudad, que hasta los ramos de rosas recién cortadas parecían tristes el Día de los Difuntos; que allí se iba a pasar el trago de enfrentarse al pasado, a lo perdido. El primero de noviembre las mujeres limpiaban las lápidas y pasaban el trapo cuidadosamente por las hendiduras de la cruz grabada en el mármol, como si limpiaran el sudor de la frente arrugada de quienes amaban y ya no están aquí, sino allí, en esta otra ciudad; y los dos, los vivos y los muertos compartimos la impotencia de no poder abrazarnos nunca más. Un día al año celebramos este Día de los Difuntos para abrazar la memoria y sentir el calor de los recuerdos. Y luego de abrazarse de nuevo, las lápidas se volvían relucientes y la pena se quedaba flotando como pompas de jabón en el aire de flores, de rosas, de cada principios de noviembre.

En un libro de Magris se cuenta la historia de una rosa de papel, una fábula brevísima que escribió una niña deprimer curso en Trieste, una redacción de colegio que se publicó luego en una gaceta escolar y dejó desolado al escritor. «La Rosa era feliz. Un día, la Rosa se sintió marchitar y estaba a punto de morir. Vio una flor de papel y le dijo: ‘qué rosa tan bella eres’. ‘Pero si soy una flor de papel’ ‘¿Pero sabes que estoy a punto de morir?’ La Rosa ahora estaba muerta y ya no habló más». No es posible que la niña que lo escribió fuera consciente de la precisión con la que trazó la angustia primera de los hombres. No es posible que una niña dibuje así el abismo diario al que nos enfrentamos, la grieta que se abre cuando el deseo de perdurar se agarra al instante y quiere hacerlo eterno, busca parar el tiempo. Y dice Magris: «Se es fiel a las lágrimas de las cosas vivas si se escucha su llanto, su deseo de durar un poco más, por lo menos como las cosas falsas».

Yo las miraba desde el fondo, en un rincón de tierra colorada al final de la hilera de lápidas blancas y jugaba a las bolas porque allí era fácil cavar un pequeño agujero y no había niños mayores que se quedaran con tus canicas, como en el patio del colegio. En cuchillas, levantaba la mirada y contemplaba la hilera de los nichos del cementerio y las mujeres de negro, fieles a su llanto, fieles a los recuerdos, junto a las rosas nuevas. El sol del mediodía secaba pronto las lágrimas cuando resbalaban por la mejilla y se estrellaban en el mármol.

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27 octubre 2009

Espejo argentino



El escritor argentino Alvaro Abós reflexionaba hace unos días en un artículo de prensa sobre el destino cruzado de Argentina y de Brasil. «¿Por qué Brasil consiguió lo que Argentina desperdició?», se pregunta el escritor argentino y lo malo de la respuesta, de ésta y de otras sobre el mismo asunto, es que, inevitablemente, se acaba pensando en España como la Argentina europea; un país que, cuando le tocó su época de esplendor, cuando todos lo miraban por su desarrollo, se detuvo a contonearse, a mirarse el ombligo, a vivir por encima de sus posibilidades.Hasta en la estadística, la similitud produce escalofríos porque también Argentina era en 1910 la octava potencia del mundo, como ahora España. Y a partir de ahí, el declive imparable: «las constantes crisis económicas se entrelazaron con la degradación de la corrupción política, diezmada por la corrupción estructural», sostiene Abós.

Por fortuna, hasta los más pesimistas sobre el futuro de España acaban concluyendo que, en efecto, no nos ocurrirá como a Argentina por la diferencia sustancial de la integración en Europa, la moneda común, las políticas comunes, las ayudas al desarrollo… Sí, eso es verdad, pero no será por falta de esfuerzos en España para acabar tumbando el país en la lona. La proliferación de casos de corrupción, por ejemplo, no puede contemplarse ya como algo habitual, normal; la muestra fehaciente de que funciona a la perfección la democracia y el sistema interno de alertas en el que acaba supurando la podredumbre. No, la proliferación nos debe llevar a plantear que, en realidad, la corrupción política es un fenómeno extendido en España, generalizado. No son «casos puntuales», como se dice, sino prácticas generales. La alerta, como ya se apuntó hace unas semanas, es que en España se está perdiendo la batalla contra la corrupción. Como declaraba hace unos días el ex concejal del PP que destapó el ‘caso Gürtel’, la corrupción política está tan interiorizada que, incluso, se declara en Hacienda. «Mi partido lo declaraba todo a Hacienda. El dinero (de Correa) se metía en las cuentas del partido y era para financiar la pequeña estructura».

Quizá no se trate de una «corrupción estructural», como se dice de Argentina, pero desde luego sí estamos ante una situación de «corrupción transversal» porque afecta a todos los partidos políticos, con el mismo tipo de delitos y con la misma estructura mafiosa. Por eso tiene tan difícil el PSOE de Almería explicar ahora porqué, a costa del desgastar al PP y de quitarle poder, acabó aliándose con el alcalde de El Ejido, considerado por los propios socialistas como un tipo de extrema derecha. ¿Otra vez un caso puntual? ¿Otra vez tolerancia cero? Otra vez ese discurso estomagante y vacío, entre otras cosas porque El Ejido no es fruto de la casualidad: En Marbella y en Estepona, al PSOE le volvió a ocurrir lo mismo.

En su artículo, el escritor argentino de antes acababa con un interesante juego de simbolismos entre la política y el deporte: el gobierno argentino se identifica con Maradona, el antiguo ídolo convertido en un obeso, un bocazas y un mal profesional, mientras que el gobierno brasileño se asocia con Pelé, el ídolo bueno, el hombre elegante y maduro, un empresario de éxito para quien no pasa el tiempo. ¿Cuál sería el equivalente futbolístico de España?

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26 octubre 2009

Sin fotos



No hay fotos de detenidos. La diferencia exclusiva entre el caso de corrupción destapado en El Ejido y todos los precedentes consiste en que en esta ocasión no hay fotos de detenidos a la salida del ayuntamiento, con la cara desencajada y un grupo de vecinos escupiéndoles insultos. “Chorizos, sinvergüenzas”. No, esa foto no existe. No hay imágenes en internet de los detenidos haciendo el paseíllo desde el furgón de policía hasta los juzgados, intentando ocultar las esposas con una carpeta o con la cara envuelta en una rebeca mientras los periodistas lanzan sus preguntas a la cara, como dardos. “¿Piensa dimitir?” No, esas imágenes no existen. Veinte personas han sido detenidas en El Ejido, muchas de ellas han acabado en la cárcel y otras tantas están en libertad bajo fianza, y no se ha publicado ni una sola foto. Ni una. ¿No les resulta extraño?

Si quieren, puede compararse lo sucedido en El Ejido con lo que pasó a mediados de agosto, cuando la policía detuvo a cinco concejales del Partido Popular de Baleares y les paseó esposados de dos en dos, bien a la vista de todos. “Los han tratado como animales (…) un trato humillante y vejatorio”, dijeron de aquel los propios sindicatos policiales. El ministro Rubalcaba, que no es de pedir disculpas, dijo entonces que la orden era justo la contraria, que no se esposara a los detenidos y que alguien, por su cuenta, decidió hacer lo contario. Acabó dimitiendo un comisario, uno de los últimos peldaños de la cadena de mando, mientras que en los cuarteles algunos policías se encogían de hombros y hacían sus cuentas de la vieja, ‘como era fin de semana, y la cosa está muy mal de personal, pues sólo había tres policías: tres policías, con tres grilletes y cinco detenidos… ¿Qué hacer? Pues nada, se esposa a los detenidos por la mano derecha y santas pascuas, problema resuelto…’ Esta vez, todo lo contrario. Los policías llegaron en varios furgones y acordonaron la puerta del Ayuntamiento; sellaron la entrada con su cadena de brazos cruzados y gesto serio, y ésa ha sido la única imagen que se tiene de la corrupción de El Ejido. Ni detenidos ni grilletes. Nada. Sólo un cordón policial. ¿Qué ha pasado esta vez?

Para explicar lo sucedido, habrá quien anteponga una razón política (“los detenidos eran socios del PSOE”), una intriga oculta (“el alcalde de El Ejido es un tipo con mucho poder y, sobre todo, con mucha información de mucha gente”) o un agravio elocuente (“si fueran concejales del PP, seguro que los habríamos visto esposados”). En el claroscuro del contraste enorme que existe entre las detenciones de El Ejido y todas las anteriores, caben siempre todas las interpretaciones. Por una vez, sin embargo, creo que la única verdad, la única explicación a la ausencia de fotos de detenidos en El Ejido es que el bochorno de las detenciones anteriores ha calado hondo en las fiscalías, en las jefaturas de policía y en los juzgados. Y por una vez, por primera vez, se ha reparado en que la norma no escrita de un Estado de Derecho es que la detención de los delincuentes debe realizarse, salvo cuando las circunstancias lo impidan, de la forma menos aparatosa, menos escandalosa y menos gravosa para los detenidos. Es eso que dijo ayer la madre del pirata detenido por España: “Sé que mi hijo es un bandido, un pirata, pero España no puede actuar como un estado pirata”. Esa evidencia, o sea, es la que se había olvidado aquí.

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El silencio



“No quieren que se convierta en un circo, y lo primero que van a hacer es poner una carpa”. La mala follá granaía es un viento inesperado capaz de arrasar de un soplo el estado de ánimo más sólido. Puede congelar al instante la euforia o la esperanza y tumbar el proyecto mejor labrado, ridiculizarlo o humillarlo. La mala follá es un hachazo seco, una seña de identidad de Granada que si se identifica a sí misma con el nombre de ‘mala follá’, ya podemos calcular lo que pude hacer con el resto. Ayer, por ejemplo, cuando se anunciaba la apertura de la fosa de Lorca, fue cuando oí a un tipo de Granada decir lo de antes: “No quieren que se convierta en un circo, y lo primero que van a hacer es poner una carpa”.

Se refería, claro, a la carpa con la que la Junta de Andalucía quiere preservar de fotógrafos y curiosos las excavaciones que comienzan a partir de hoy en aquella fosa común que, se quiera o no, es distinta a todas las demás, las cientos o miles que habrá repartidas por España, por una sola razón: Federico García Lorca. Conviene reseñar esta obviedad porque la primera controversia surge al intentar considerarla como una fosa más. No es así, nunca ha sido así, ni ahora ni durante la dictadura, y, por tanto, es inevitable que aquello adquiera una dimensión extraordinaria en los medios de comunicación. Algunos lo llamarán ‘circo mediático’.

Es verdad, como sostienen muchos, que la notoriedad pública de Lorca, incluso la negativa de la familia del poeta a desenterrar sus restos, no puede anteponerse al derecho de otras familias a desenterrar a sus muertos. Desde el estricto punto de vista de un Estado de Derecho no hay más verdad que la de que las leyes están para cumplirlas, incluida la de Memoria Histórica; que los derechos están para ejercerlos y reivindicarlos y que nadie está por encima o al margen de la ley. Todo eso no se discute, no, ni se critica a la consejera de Justicia por este empeño suyo en hacer cumplir la ley; no es eso, el problema es anterior, es haber llegado hasta este punto, la carpa, las palas y los fotógrafos apostados en los alrededores intentando captar una imagen.

El error esencial ha sido convertir la excavación de las fosas del franquismo en una especie de ‘Plan E’ contra la crisis ideológica, como si en las zanjas buscara el clavo ardiente de una derecha cerril y cavernaria que retroalimente un discurso gastado de trincheras. El error principal ha sido pensar que la excavación de las fosas era la única forma de rescatar la memoria de aquellos que fueron fusilados, masacrados, como si el mayor homenaje a esa pobre gente no fuera la dignificación de aquellos lugares, camposantos de la libertad, de la dignidad, del orgullo y las ideas por las que fueron asesinados. Un monolito con la inscripción de los nombres de las personas que se calcula que fueron fusiladas junto a la tapia de un cementerio es un homenaje mayor, más sencillo, menos controvertido, que la excavación de las fosas ochenta años después. Sin carpa ni palas. En Alfacar, un solo poema de Lorca bastaría para que las generaciones venideras agachen la cabeza y cierren los ojos soñando que nunca más se repita la barbarie. “Oye, hijo mío, el silencio./ Es un silencio ondulado,/ un silencio,/ donde resbalan valles y ecos/ y que inclina las frentes/ hacia el suelo”.

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19 octubre 2009

Griñán con sifón


A Rafael Escuredo, que ha sido el líder más importante que le ha nacido al socialismo andaluz en estos treinta años, el aparato del PSOE lo utilizó como un klínex sin ningún reparo. En los primeros años de la democracia, el PSOE mantenía a Escuredo a distancia, lo cortocircuitaba en las asambleas cuando llegaba con su ideal de hacer del PSOE andaluz un partido de corte nacionalista. Hasta que cambió el discurso y el guión y Alfonso Guerra vislumbró el filón político del andalucismo para una carambola de época, Andalucía y Madrid. Entonces a Escuredo lo encumbraron, lo agitaron como una bandera omeya y lo coronaron con una corona de laureles de plástico, de quita y pon, como el decorado de los escenarios de un mitin. Lo que nunca le dieron a Escuredo fue el control del partido. Lo usaron hasta ganar las elecciones y luego lo echaron. Total, en realidad, nunca se habían creído su discurso. Se trataba de otra cosa, de usar su imagen, su melena de rizos y su sonrisa, para hacer creíble el giro andalucista.

Llegó luego Borbolla. Con Pepote, como le conocían entonces, el partido colocaba en la presidencia de la Junta a su líder natural, ahora sí, al hombre que en diciembre de 1977 fue elegido primer secretario regional del PSOE de Andalucía, en el primer congreso que los socialistas andaluces celebraron en Torremolinos. El problema de Borbolla es que, teniendo este origen tan claro de aparato del partido, acabó creyendo que su fuerza resistiría cualquier pulso externo. Alfonso Guerra controlaba el partido desde La Moncloa y Borbolla pensó, entonces, que no le hacían falta padrinos para seguir ejerciendo su doble liderazgo. Todos lo abandonaron, claro. Y se fue con dos puñales en la espalda, el que le clavó Sanjuán para arrebatarle la secretaría general del PSOE y el que le clavó Chaves, para hacerse con la Junta.

Contra todo pronóstico, Chaves ha sido, de todos los dirigentes del PSOE andaluz, el que menos presencia tuvo en la lucha por la autonomía andaluza, el político más mediocre y, sin embargo, el líder más longevo del socialismo andaluz. La clave está en la capacidad de supervivencia del presidente: tras superar el escollo del guerrismo, Chaves se ofreció en el PSOE andaluz como engarce ideal para unir los intereses distintos de sus baronías provinciales. Un líder regional capaz de mantener el equilibro provincial con la renuncia expresa a no entrar en ninguna de sus batallas. Zarrías y Pizarro, el uno en la Junta y el otro en el partido, eran los siguiente escalones.

En esas, llega Griñán, que ni ha sido jamás referencia interna en el PSOE ni, él mismo, tenía ambición alguna por asumir ese papel. Su falta de ambición en el partido, estar alejado de esa melé impresentable, es, quizá, la virtud que más se corresponde con el resto de cualidades suyas: cualificación, experiencia y sencillez. Pero no es esa imagen la que proyecta, lo peor del Griñán presidente es la indefinición, la nadería en la que navega desde que pronunció el discurso de investidura. Este Griñán es un Griñán con sifón. Así lo han visto en el PSOE y por eso lo alancean.

Era sólo cuestión de tiempo que se enfrentara con Pizarro, que es todo lo contrario, aparato y nada más. En cualquier caso, temprano le ha llegado al presidente de la Junta su enfrentamiento con el aparato, un clásico en el historial socialista.

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Blindajes


El País Vasco ha sido la única comunidad que, en estos años de vendaval reformista en las autonomías, no se ha preocupado de reformar el suyo, el Estatuto de Gernica. Ibarretxe planteó su desvarío independentista, pero aquello no llegó a ninguna parte y jamás concitó el respaldo de las otras dos fuerzas políticas mayoritarias del País Vasco, el PSOE y el PP. No, formalmente, el País Vasco ha sido la única autonomía que no se ha sumado al discurso oficial de que, después de 30 años de autogobierno, era necesario actualizar y modernizar el Estatuto de Gernica. En Andalucía, Cataluña, Valencia o Galicia, que comparten con el País Vasco unos estatutos del máximo nivel de competencias, se consideró imprescindible adaptar los estatutos a los nuevos tiempos, «avanzar, impulsar y consolidar el estado de las autonomías» para los próximos tres lustros. ¿Por qué en el País Vasco, la primera de las autonomías de España, la más histórica de todas, ni el PP ni el PSOE se han embarcado en las reformas? Se dirá que promover una reforma estatuaria en el País Vasco es una irresponsabilidad porque nunca se alcanzará el grado de consenso del Estatuto de Gernica. Es verdad, pero no es la razón fundamental. Lo esencial es que, en realidad, una reforma del estatuto vasco, dentro del marco constitucional, puede avanzar muy poco más con respecto a lo que ya se tiene, con lo que remover el patio político es irresponsable y, sobre todo, inútil. De ahí que se haya optado por reformar exclusivamente aquello que marca las diferencias entre las regiones, la financiación.

Sí, los diputados vascos saben bien que las tres cuartas partes de las reformas de los estatutos se quedan en pintura, oropel provinciano redactado con cursilería estomagante. Y una vez que el Parlament de Cataluña, ayuno de fueros medievales, ha blindado sus ingresos anuales con la amenaza de la desafección, los diputados vascos han decido hacer lo propio con el privilegio económico del concierto vasco. No necesitan más reformas, con ese blindaje, el País Vasco (y Navarra) se garantiza el privilegio de contar con más recursos para seguir marcando la diferencia. Más dinero para el desarrollo económico, más dinero para hospitales, para mejores colegios y universidades… ¿Podrían explicar los diputados andaluces del PSOE por qué han votado a favor de ese blindaje?


Manuel Marín, ex presidente del Congreso, contó que, cuando se autorizó la aprobación de los estatutos en la Transición, todas las autonomías se lanzaron a la confección de sus estatutos. Era tal la rivalidad entre el País Vasco y Cataluña por presentar antes el Estatuto en el Congreso, que los equipos rectores, mirándose siempre de reojo, finalizaron los trabajos al mismo tiempo y ambos se dispusieron a registrarlo el mismo día. Cuenta Marín que «el bueno de Tarradellas» tomó el puente aéreo, se instaló en el Palace y anunció su llegada al Congreso al día siguiente para presentar el Estatuto catalán. Alertados, un diputado vasco de la UCD, Echeverría, alquiló un avión, viajó directamente al Congreso y fue el primero en registrar el Estatuto. Fue tal el cabrero de Tarradellas al llegar al Congreso, que se volvió al Palace y remitió a las Cortes el Estatuto catalán con un mozo de Correos.


Que sirva la anécdota para ilustrar que, en el fondo, todo sigue igual. El País Vasco, en avión privado, los catalanes, con puente aéreo, y luego, todos los demás.

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El árbol caído


La paradoja es el signo de nuestros tiempos. Todo aquello que dicta el sentido común se vuelve del revés y aparece, a diario, como un síntoma de normalidad. Como estos días. En una casa cuartel, unos guardias civiles celebran la festividad de su patrona, la Virgen del Pilar, e instalan en el patio del acuartelamiento un castillo hinchable para que jueguen sus hijos. Desde fuera, comienzan a llover piedras y palos hacia el interior del cuartel: son los vecinos de una barriada marginal de Dos Hermanas, Los Montecillos. Un par de guardias civiles sale del cuartel a ver qué pasa y reciben una paliza concienzuda, palos con estiletes en la punta y navajas. Ayer, en el periódico, venían declaraciones de los apaleados: «La Guardia Civil tendría que marcharse ya de Los Montecillos, allí no hay seguridad ni podemos hacer nada». Sublime paradoja: la Guardia Civil se queja de falta de seguridad en el barrio, en su barrio.

Es evidente que la paradoja no es fruto de la falta de profesionalidad de los agentes, que sólo faltaría que se les culpe a ellos, aunque habrá por ahí quien considere, para redondear el disparate, que el suceso, en realidad, se desató por la provocación innecesaria de los guardia civiles que salieron del cuartel para pedir a los vecinos que dejaran de tirarles piedras. No, la paradoja de los guardias civiles acorralados en su barrio por la falta de seguridad se produce por la desconsideración general hacia la autoridad. Y se pone el acento en la autoridad porque, al subir ese escalón, se da por entendido que todos los peldaños inferiores, civismo, respeto, educación, se han desbordado mucho antes; si no se respeta ni a la guardia civil, qué se puede esperar del resto de valores, qué pueden esperar el resto de ciudadanos.

Rescatemos la pregunta de hace unas semanas sobre la violencia de género: ¿Y si resulta que la causa de la violencia de género no es el género? Igual que entonces, el problema mayor es la violencia que afecta a todos los órdenes de la convivencia. Erramos el análisis si pensamos que la agresión a un profesor de instituto proviene de un mal distinto a la paliza que le propinan a un médico en el ambulatorio; que es distinto el maltrato de un menor a sus abuelos de las bofetadas que le da a su novia; que no es lo mismo las pedradas a un cuartel de la guardia civil que las amenazas de muerte a un profesor de instituto por catear a un alumno o expulsarlo del centro. El problema general tiene una sola explicación: en amplios sectores de la sociedad actual el concepto de autoridad, se ha diluido, el respeto no existe.

Hace algo más de un año, se hizo famoso Jesús Neira, el profesor que quiso evitar que un salvaje matara a su pareja a puñetazos y, al interponerse, recibió una paliza del maltratador que lo dejó en coma. Ahora, el abogado del maltratador le ha puesto una denuncia porque Neira protestó ante la posible puesta en libertad de su agresor. Le acusa un delito de amenazas y coacciones contra el juez del caso. Dice en su escrito de denuncia que «del árbol caído es muy fácil hacer leña». Y le reclama «juego limpio». O sea, según el abogado, el maltratador es el árbol caído y quien reclama justicia es quien practica juego sucio. ¿Llamamos a todo esto la paradoja del árbol caído?

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13 octubre 2009

Elogio de Gürtel


Se les presenta como chisgarabís, trincones de medio pelo y baja estofa, y eso, vamos a ver, es una injusticia. Porque nadie en España parece dispuesto a reparar en el talento que hay que tener para llevar las cuentas de Gürtel. Nadie. ¿No han pisado las universidades con el birrete de honoris causa los maestros de la ingeniería financiera, especuladores que levantaban imperios con la solidez de las pompas de jabón? ¿No gozan de la mayor consideración profesional los banqueros o los gerentes de las multinacionales por su cabeza fría en tiempos revueltos, capaces abstraerse de cualquier agitación, de cualquier sobresalto, emocional o financiero, y mantener imperturbables el rumbo de la sociedad? Bien, pues pensemos que la trama de Gürtel ha sido todo eso, pero multiplicado por tres, contabilidades a, b y c, con sus correspondientes facturas, y otro listado más con los gustos pijos de los extorsionados y de sus señoras. Hay que tener, o sea, una cabeza muy bien amueblada para sacarle a un mitin tres cuentas diferentes y, además, acordarse de las debilidades de cada uno.

—¿Cómo le gustan los zapatos a él? ¿Se los compramos a juego con el último traje, gris marengo, o mejor del color de la tapicería del coche nuevo? ¿Y la señora; los querrá igual que el año pasado, grandes y de pelo negro?

—Pues vete a saber, pero si te refieres a los visones para estas navidades, mejor que sean blancos, de armiño. Y para él, un reloj lustroso; un reloj como para dos muñecas…

Sólo una mente privilegiada puede sacar adelante unas cuentas como las de Gürtel. En eso, tenemos que admitir que la corrupción ha evolucionado en España de forma espectacular. Se ha sofisticado, se ha perfeccionado hasta límites dignos de estudio. Qué lejos quedan en el tiempo aquellas corrupciones de entonces, como la famosa trama del PSOE en Algeciras, cuando los mítines de la OTAN. «Tenemos dos millones; entre cuatro, ¿a cuánto cabemos?», que decía uno de los protagonistas de aquella mangancia memorable. Luego vino lo del caso Juan Guerra, un amateur frente a estos escándalos de ahora. Incluso lo del caso Ollero, con aquella anotaciones de los porcentajes a repartir en la libreta de los comisionistas. Lo de la Gürtel sí que es sofisticado. Para un mitin cualquiera, tres facturas distintas. Como el mitin de Granada de febrero de 2005: el acto cuesta 3.460,79 euros, pero se hacen hasta tres facturas por tres conceptos distintos relacionados con el mismo evento, una de 9.744 euros, otra más de 11.078 y una última de 13.460,79.

—¿Y cómo se conocen las facturas? ¿Lo han contado los imputados?

No, no, la culpa es el de un pen drive, todo estaba ahí. Y como cada corruptela se resume, al final, en una frase, los de la trama Gürtel ya nos han dejado una expresión de lapidario, para repetirla en el futuro como etiqueta del caso. Es la conversación de Correa con su abogado, la del «puto pen drive». Yo la imagino compitiendo en Youtube, «a ras, Carlos, a ras», con las de Luis Moya y Carlos Sainz, cuando se les jodió el coche al final de un rallye. «¡Trata de arrancarlo, Carlos; trata de arrancarlo, por Dios…!» Pues con el mismo tono de fastidio por el plan meticuloso que se estropea al final por un imprevisto, por una bobada, ésta otra frase: «El puto pen drive, macho, el puto pen drive; porque sin el pen drive no tendrían nada… Me pongo malo».

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09 octubre 2009

Tolerante Obama


Quiso Obama poner de ejemplo a Córdoba como símbolo de su utopía para el mundo, y le han llovido las invitaciones para que, en su visita a España de mayo próximo, visite Andalucía; para que el air force one, símbolo del imperio como el águila de cabeza blanca de su escudo, se pose con las alas desplegadas en este crisol de la antigua Al Andalus, que diría un poeta carcomido por los tópicos. En Granada, lo han invitado para que contemple la puesta de sol, como Bill Clinton; en Córdoba, en cambio, el gobierno de Izquierda Unida le ha escrito de inmediato «para que compruebe in situ cómo Córdoba, en la actualidad, sigue apostando por la tolerancia».

Desde que en la guerra de Irak se cayó el mito del espionaje norteamericano –la historia de Hollywood se desmorona con la pifia aquella, que tanto le costó al mundo–, no vamos a sorprendernos al descubrir flancos de vulgaridad en los ídolos americanos, sobre todo si, como es el caso, se refieren a la percepción que tienen en USA de España y de Andalucía, que no ha logrado desprenderse el halo mágico de los ‘Cuentos de la Alhambra’. Todo eso, el mundo de Washington Irving y la idealización de Al Andalus, no tiene nada que ver ni con el presente ni con la historia, pero ya que se repite tanto y hasta Obama lo hace suyo, lo que uno llega a plantearse es si hacemos bien en desmentirlo.

Quiere decirse que si el mito pudiera convivir con la verdad, uno se apuntaría a esa quimera como utopía, con mecanismos mentales similares a la religión. Lo que ocurre es que quienes mantienen ese discurso del Al Andalus de la convivencia pacífica entre musulmanes, cristianos y judíos, se instalan al instante en la intransigencia y la condena. Y la historia, la investigación, pasa a ser una actividad proscrita, maldita. Si Obama, por ejemplo, visita Córdoba, le mostrarán la estatua de Maimónides, como símbolo de aquella cultura de la tolerancia y respeto. Pero si alguien se atreve a añadir que, en realidad, Maimónides fue condenado por su fe judía, obligado a islamizarse, que se fugó a Egipto y lo condenaron a muerte por apostasía (muerte de la que se salvó), si alguien detalla esa historia ante Obama, será tachado de fascista o reaccionario.

La tolerancia forma parte de la naturaleza humana como el odio, la venganza y el egoísmo. Tiene que saberlo bien Obama, que está sufriendo estos días en su país una campaña de odio infame y salvaje que llega a extremos estremecedores, como la encuesta que hace unos días se colgó en Facebook en la que se le preguntaba a los internautas si Obama debía ser asesinado. Pero por dislocada que esté la sociedad actual, no ha habido ningún periodo en la historia que sea más tolerante que éste, con las democracias imperfectas de occidente. La paradoja de estos días es que en occidente se invoque la tolerancia como un defecto propio, de occidente, frente al mundo árabe. Y que se ofrezca, además, como remedio al fundamentalismo islámico, la peor amenaza que ha sufrido la humanidad tras el fascismo nazi, y quién sabe si será peor incluso que el delirio imperialista y genocida de Hitler. La Córdoba de la tolerancia no existió tal como se invoca; aceptémosla como leyenda. No más. Que si a Maimónides le dieran la oportunidad de reencarnarse, rezaría para nacer en una democracia occidental y jamás en una ciudad árabe. Porque otra vez, nueve siglos después, le volvería a pasar lo mismo.

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Eyaculación


Que se ha acabado. Que se ha acercado el comercial del concesionario de vehículos con la sonrisa planchada y, sin despegar los dientes, lo ha dicho del tirón: ‘nos acaban de comunicar que ya no hay más descuentos por el plan 2000-E, que el gobierno ya ha cerrado el grifo… » Los comerciales de las casas de vehículos tienen un look particular; entras en concesionario y parecen diputados del PP. Llevaban meses quitando telarañas de los coches de la exposición y, ahora que el mercado comenzaba de nuevo a moverse, zas, el Gobierno le da el cerrojazo a las ayudas de dos mil euros.

– Coño, ¿ya? Y cuánto ha durado, pero si no debe haber pasado ni un año… Qué digo, no habrá pasado ni medio año.

Menos todavía, el Plan 2000-E ha estado en vigor cuatro meses, pero se ha consumido en bastante menos, dos meses y medio, desde julio hasta septiembre. O sea, que era más largo el enunciado que la duración del plan. El Consejo de Ministros lo aprobó con la siguiente perorata oficial; cojan aire, que el Gobierno no pone puntos: «El Plan 2000 E tiene por objetivo incentivar, junto con el esfuerzo comercial de las marcas, la demanda de vehículos, mantener el empleo en el sector de la automoción y estimular la sustitución de vehículos antiguos por otros menos contaminantes, así como contribuir a aunar los criterios de apoyo al sector entre las diferentes Comunidades Autónomas, el Gobierno y el propio sector de fabricantes y concesionarios de automóviles».

Bueno, pues bajo ese inmenso paraguas de verborrea oficial, lo único que había, en la letra pequeña, era un fondo de cien millones de euros, es decir, doscientos mil vehículos. Pero cien millones de euros es, por ejemplo, menos de la mitad de lo que costó el Plan de Eficiencia Energética, que reservó 245 millones de euros para regalar bombillas. Y doscientos mil coches son los que se estaban vendiendo en España, antes de la crisis, en los dos peores meses del año.
Tras diecisiete meses de caída imparable, este septiembre ha sido el primer mes en el que la venta de vehículos ha crecido sobre el año anterior. ¿Y qué hace el Gobierno ante la mejora? Anula el plan en octubre. Se acabó.

Lo cual, que estamos ante un «plan de reactivación de la economía» que nos sirve para medir el calado de las iniciativas del Gobierno ante la crisis. El recorrido que ha tenido el plan 2000-E desde su anuncio en el Congreso es extraordinario. Vean: Lo anuncia Zapatero en mayo, en el debate de la Nación, y sorprende a todos, desde el propio vicepresidente económico, entonces Pedro Solbes, hasta las comunidades autónomas y las propias empresas de vehículos, que no sabían que el presidente del Gobierno había anunciado un plan que se financiaba en su mayoría con el dinero de los demás, autonomías y concesionarios.

Ahora, con este final abrupto, incluso antes de las previsiones de las casas de coches, lo que va a ocurrir es que el Plan 2000-E va a dejar a más colgados que beneficiarios. Que la lista de los que han acudido ya a comprarse un coche con la golosina del Plan y se van a quedar sin él, debe ser de miles de personas.

– Plan 2000-E... ¿ Y la ‘E’ de qué era, de España o de Empleo?

No, nada de eso, yo creo que ‘E’ era de eyaculación. Eyaculación precoz. Con el Gobierno, el placer dura nada pero las cargas se arrastran toda la vida. Ya verán como la subida de impuestos no tiene fecha de caducidad.

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Triunfo corrupto


Sabíamos que la corrupción es un mal sin fondo; al cabo de tres décadas de democracia en España podemos concluir algo peor, que la corrupción es un mal que no tiene remedio. La diferencia es esencial, por mucho que de lejos puedan parecer la misma cosa. Lo primero tiene que ver con la naturaleza humana, lo segundo está relacionado con la sociedad, con la cultura social, con la exigencia social. La corrupción es inevitable, sí, eso lo sabemos, pero la gravedad mayor está en la impunidad. Y ése es el paso que se puede estar dando en España. Lo sopla al oído alguien que, en los juzgados, desde una alta magistratura, se enfrenta a diario a esa podredumbre: «Estamos perdiendo la lucha contra la corrupción».

Lo dice por la burla continua de la clase política de las sentencias condenatorias, por la propia politización de la justicia, pero también por la certeza anterior de que una sociedad no puede ser permeable, permisiva, ante la corrupción. La corrupción se combate con la legislación y con los tribunales pero, sobre todo, con la repulsa de la sociedad. La proliferación de casos de corrupción en España, en Andalucía, y la impunidad electoral de los partidos afectados por esos casos de corrupción nos demuestran con claridad que es verdad, que se está perdiendo la lucha contra la corrupción. Acaso porque se ha asumido con normalidad una «cultura de la ilegalidad».

Se dirá en Andalucía, con razón, que no se puede tratar a todos los partidos políticos por el mismo rasero, que, con diferencia, el PSOE es el partido con más casos de corrupción a sus espaldas. Y es posible que sea así, pero si el PSOE es el partido más corrupto es sólo porque es el que acumula más poder. Que levante la mano aquel que conozca un partido político que, estando en el poder, no ha contado con un grupo de empresas afines de trato privilegiado, constructoras sobre todo. La elocuencia de lo que está ocurriendo en Valencia con la trama Gürtel es la demostración palpable de que la corrupción en España crece donde se asienta el poder, con independencia de las ideologías políticas que detenten ese poder. Y en Valencia, como ha ocurrido en Andalucía, la corrupción no se paga en las urnas: aquí el PSOE revalidó la mayoría absoluta, como si nada, tras el caso Juan Guerra, tras los escándalos de la Expo, tras el caso Ollero… Chaves contesta sobre su hija o sobre sus hermanos, como Camps cuando le preguntan por los trajes: «yo gano elecciones». Esa es la impunidad que otorga la sociedad y por eso se está perdiendo la batalla, porque a partir de ese rasero burlar a los juzgados siempre será posible.

«La Junta colabora con quien colabora», dice el principal imputado del ‘caso Mercasevilla’ en la cinta grabada por unos empresarios que dio origen al proceso judicial. Han pasado muchos meses y el proceso se ha diversificado ya en varias ramas, con más de una decena de imputados. Ni el alcalde ni nadie de la Junta contempla el escándalo como propio; oigo que les preguntan y responden ofendidos. Quizá porque saben que la sociedad les perdona, que no habrá nadie que retire su voto de las urnas por el escándalo de Mercasevilla, como antes por las facturas falsas del distrito Macarena. Saben, en fin, que cuenta a su favor con la existencia de una ‘cultura de la ilegalidad’, que es un concepto de Carlos Fuentes, de su libro La Silla del Águila, más que una novela un manual, un retrato fiel de la política, del poder, de la corrupción, vasos comunicantes del mismo flujo. «La honestidad puede ser admirable, pero acaba por convertirse en vicio. Hay que ser flexible ante la corrupción».


Imagen: escuadrondelaverdad.files.wordpress.com

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Sostenibles


La crisis económica también tiene efectos positivos: gracias a la tiesura, la izquierda europea ha logrado concretar en una sola pregunta las dudas sobre su propia identidad. Llevaban años dándole vueltas a la misma cuestión, pero ha sido la crisis la que les ha facilitado la pregunta nuclear del debate: ¿qué respuesta diferenciada puede ofrecer la izquierda a los ciudadanos ante la crisis económica? Piensan que al contestar esa pregunta, comenzará a resolverse el debate y la izquierda volverá a encontrar su lugar en el mundo.

Los socialistas españoles, y desde hace décadas los socialistas andaluces, han optado por resolver el problema con una solución semántica: El lenguaje es el camino más corto para marcar diferencias con la derecha. En la medida en que la política son imágenes, es posible crear sólo con las palabras un estado de ánimo que supere la realidad. Y más allá aún, es posible crear sólo con las palabras un estado de opinión, de forma que, muchas veces, el debate político acaba dándole vueltas a conceptos vacíos pero que, en teoría, diferencian a la izquierda de la derecha.

«La segunda modernización» o la «Andalucía imparable» son eslóganes muy representativos de esa estrategia; problemas enquistados en la sociedad andaluza que, en las últimas tres décadas, un mismo partido ha conseguido sortear desde el gobierno con esas soluciones semánticas. De esa misma fábrica de lemas, surge ahora la «economía sostenible» para resolver la duda de los socialistas europeos: la respuesta diferenciada de la izquierda ante la crisis económica es la ‘economía sostenible’. A partir de ahí, el resto del discurso se construye solo, con el clásico esquema de alertas y miedos, la economía sostenible frente al capitalismo salvaje; la economía sostenible frente al neoliberalismo; la ‘economía sostenible’, solidaria, limpia y sana, frente a la voracidad de la derecha manchada de cemento, ladrillo y petróleo. ¿Y ahora en Santana?¿Aunque la cierren? Pues sí, cierre sostenible, que quiere decir trabajadores en paro pero con promesas reiteradas de recolocación y complementos mensuales, por cursos y bagatelas, para sumarle unos cientos de euros al subsidio de desempleo.
Claro que, en este debate, siempre surge al instante una duda elemental: ¿Y si es tan fácil la respuesta a la crisis de la izquierda, por qué la izquierda europea no adopta la misma estrategia semántica? La respuesta está en la sociedad, en la mayor receptividad de la sociedad española y, sobre todo, andaluza a ese lenguaje. Por eso, este fin de semana, cuando el PSOE ha reunido en Sevilla a sus cargos públicos, el mensaje que les ha dirigido Chaves es que tienen que esforzarse «en cambiar el estado de ánimo de la sociedad». Bien sabe Chaves que lo esencial es eso, que no importa tanto que haya un veinte o un treinta por ciento de paro. Lo curioso es que, mientras el presidente del PSOE lanzaba estas consignas, en Madrid, el mismo sábado, el ex jefe de gabinete de Clinton y colaborador también de Obama, John Podesta, decía en la Fundación Ideas del PSOE, que la clave está en que la izquierda se adapte a los cambios y ofrezca «una solución progresista» a la crisis. «Tienes que tener un argumento, pero lo que de verdad necesitas son resultados», dice el intelectual estadounidense, ajeno a la realidad española; a la solución semántica que antepone el argumento a los resultados.

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Infinito



Antes de irse a dormir, una joven ha dejado colgada en Internet una frase de Einstein que quizá la atormente en pesadillas. «Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro». Ciertamente, es difícil saber qué puede ser más inquietante, si la estupidez o el universo porque los dos llevan consigo la angustia de lo inabarcable. De la estupidez, ya se citó aquí el tratado de Cipolla, «un esfuerzo por comprender y, por lo tanto, posiblemente neutralizar, una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana».

Lo que ha ocurrido desde el tratado de Cipolla (1976) hasta hoy es que la estupidez no sólo no ha mermado su fuerza en el mundo, sino que, en ocasiones, parece que se convierte en una de las estrategias políticas más efectivas. Y no sólo eso, a menudo, cuando se contempla el discurso de algunos dirigentes públicos da la sensación de que la estupidez se ha adoptado como una fórmula eficaz de comunicación ante la sociedad. Es una degeneración llamativa: en el momento de la historia en el que la sociedad puede disponer de más información de todo cuanto ocurre, algunos gobiernos tienden a considerarla más ignorante, más inmadura. Lo de estos días, por ejemplo, cuando, ante las protestas que han surgido por la inminente subida de los impuestos, el PSOE ha anunciado una gran campaña «pedagógica» para explicar la medida. Reparemos en esa expresión: El gobierno anuncia que va a subir los impuestos y el personal, que sabe muy bien de lo que se está hablando y que conoce perfectamente cómo se despilfarran los fondos públicos, se cabrea, harto de que le expriman los bolsillos siempre a los mismos. Es decir, se sabe perfectamente qué supone subir los impuestos y, en consecuencia, se es plenamente consciente de por qué se quiere rechazar esa medida.

¿Pedagogía de impuestos? No oiga, que el problema no es de entendimiento: ‘Sé lo que propone y no quiero’. Pero nada, el Gobierno, erre que erre, que no, que hay que explicarlo, que es como decir, siéntate un instante, que voy a engañarte. Como Griñán ayer o el otro día la vicepresidenta Salgado, ‘se van a subir los impuestos de los trabajadores, pero es por su bien’. Paternalismo para estúpidos, se diría.

Angela Merkel, la canciller alemana, cuyo gobierno también se volcó en ayudas multimillonarias a las entidades financieras y a las empresas para salir de la crisis, ha elegido el camino contrario: para impulsar la salida de la crisis, que en Alemania ya es una realidad, ha anunciado una bajada de impuestos de renta, sociedades y sucesiones. Y aún matiza que su propósito es «aliviar las cargas fiscales, especialmente para los ingresos bajos y medios». ¿Qué pedagogía política puede resolver la contradicción de que una dirigente política de derechas considere que para salir de la crisis hace falta bajar los impuestos a las clases más desfavorecidas y que un dirigente político de izquierda afirme que lo mejor para los trabajadores es que le suban los impuestos?

Debe ser cosa de la estupidez, sí. Que es infinita, como decía Einstein. Como el pensamiento de esa chica que se fue a la cama con tormentas de infinito. Aunque para el infinito hay metáforas más reconfortantes, menos inquietantes. Como la inmensidad del pozo de unos ojos negros o el vertiginoso abismo de unas caderas.

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24 septiembre 2009

Secuencia



En realidad, la crónica podría haberse detenido en la cuarta o en la quinta línea. Justo después de la secuencia de los acontecimientos, narrada allí de forma telegráfica, como anotaciones en un diario. «Sábado, 19. Una patera naufraga junto al islote de Perejil con sesenta personas a bordo. Sólo once sobreviven. Domingo, 20. Los supervivientes son dados de alta del hospital de Marruecos en el que fueron ingresados. Lunes, 21. La policía de Marruecos traslada a los supervivientes a la frontera con Argelia y los abandona allí». Tendría que haberse detenido ahí la crónica porque, en realidad, no hay más; porque no hacen falta más palabras para narrar este absurdo cruel, esta inhumanidad, esta salvajada con la que convivimos. No hacen falta más palabras porque todas aquellas que vinieran a continuación tendrían que hablar de sufrimiento, de sentimiento, de llanto, de desesperación, de amargura y todo eso, ya sé, son conceptos que, generalmente, no van asociados a las crónicas del naufragio de una patera.

No, las crónicas del naufragio de una patera nunca desciende al drama, quizá porque la impotencia se vuelve silencio, es verdad, pero deténgase sólo un instante para pensar que entre esos once supervivientes quizá haya alguna madre que vio morir a su bebé, un joven que vio ahogarse a sus hermanos, un adolescente que contempló cómo las olas se tragaba a los amigos con los que, hace meses, o años, emprendió un viaje desde el centro de África hasta el primer mundo. En Europa, o en cualquier país desarrollado, los supervivientes de un naufragio serían tratados como héroes inesperados, y una larga estela de entrevistas les acompañaría por la calle, una ráfaga de flashes de fotógrafos bajaría con ellos el ascensor del hotel y una muchedumbre curiosa los rodearía de expectación en la cafetería. Los otros, los supervivientes subsaharianos, de los que no conoceremos jamás sus nombres ni sus caras, están de nuevo en una franja de tierra, frontera entre dos países, tierra de nadie.

Y no culpo a Marruecos del abandono. Marruecos, con su falsa democracia, impostada por una realeza medieval, también es, de alguna forma, una tierra de nadie en la inmigración, tierra pobre de paso para los inmigrantes subsaharianos. Si Europa, que es el destino de la inmigración ilegal, no invierte sus fondos millonarios ni siquiera en centros de acogida, qué se puede esperar de Marruecos sino que devuelva a los inmigrantes al desierto del que provienen. Si en Europa se considera que la inmigración ilegal subsahariana no es su problema, por qué vamos a exigirle a Marruecos que atienda a los inmigrantes cuando, en realidad, sólo es tierra de paso. Si en Europa, como en España, las leyes de inmigración se modifican para endurecerlas, si hasta la dócil Fiscalía del Estado alerta de las condiciones míseras de los centros de internamiento de Málaga o Algeciras, qué se le va a exigir a Marruecos. Qué se le va a reprochar a Marruecos, por su hipocresía, por su inhumanidad, si el Gobierno español y la Junta andaluza acogía hace unos años estos naufragios como munición contra el PP y a los gobernantes de entonces los hacía «políticamente responsables» de las muertes. Y ahora…

No, no hacen falta más palabras. Basta contemplar esa secuencia de la crónica, las anotaciones en el diario. Por desgracia, no hay más.





Foto: Francisco Ledesma

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Estepona



Estepona es la capital política de España. No hay otra ciudad en la que se reflejen mejor los males profundos de la política española, los vicios que la consumen, la podredumbre que la carcome, el cainismo que la destruye. El absurdo de estos días, el esperpento cínico de los concejales del Partido Popular camuflando de planes de austeridad la estrategia de estrangulamiento del gobierno local, es el final, el acabose, pero si Estepona es hoy el símbolo de los peores vicios de la política española, no es sólo por estos estertores, sino por lo sucedido allí en los últimos cuatro años. Un despropósito del que pocos se libran.

Primero, quien gobierna de forma hegemónica en Andalucía, quienes dirigen aquí el Partido Socialista y han convertido el poder en su única ideología. Sólo si se considera que el PSOE andaluz está gobernado por la falta de escrúpulos se entenderá que hace cuatro años, cuando unos militantes de este partido en Estepona se dirigieron a la sede regional para denunciar la corrupción del alcalde Barrientos, la decisión fue silenciarlo, ignorarlo y volver a presentarlo en las elecciones municipales. La corrupción es responsabilidad exclusiva de quien la comete, y aun en el caso Astapa serán los tribunales quienes decidan si Barrientos y su pandilla cometieron algún delito. Pero la política se guía por parámetros distintos, exigencias éticas más elevadas que no se miden por el Código Penal, y la permisividad y la negligencia de las ejecutivas regional y provincial del PSOE en la corrupción de Estepona exigían la única respuesta democrática, disculpas públicas y dimisiones. Ni lo uno ni, por supuesto, lo otro.

Por esa razón, por la quiebra de ese principio elemental de transparencia y limpieza democrática, el ingreso en prisión de Barrientos, su salida del Ayuntamiento, no podía presuponer jamás la normalización del municipio: nada estable puede construirse sobre la ocultación, la complicidad y el engaño. Y es lo que ha ocurrido. Por muy buenas que fueran las intenciones del nuevo alcalde, David Valadez, el Partido Socialista no podía seguir gobernando Estepona como si nada hubiera ocurrido; no, la corrupción de Estepona implica penalmente sólo a los imputados, pero políticamente todo el PSOE es responsable por lo apuntado antes. Por muy buenas que pudieran ser las intenciones del nuevo alcalde, es una marioneta en manos de quienes antes apoyaron a Barrientos en el PSOE y ahora lo usan como parapeto de sus culpas.

Sostiene el Partido Popular, desde el principio, que la única salida razonable es la disolución del Ayuntamiento de Estepona, como ocurrió en Marbella, y la creación de una gestora municipal hasta las próximas elecciones municipales. Es así, es verdad, es, quizá, la única salida. Pero ante la negativa del Gobierno, la respuesta no puede ser lo de estos días, este frenesí de barbaridades plenarias, esta detestable conjunción de intereses entre concejales del Partido Popular, con imputados y expulsados de todas los procedencias, para asfixiar al alcalde suprimiendo hasta la tasa de basura, que debe ser el único impuesto asimilado por los ciudadanos. Qué imagen, qué triste espectáculo. Sí, no debe haber hoy otra ciudad en España en la que se reflejen mejor los despropósitos de la política. La corrupción, la mentira, la ambición desbordada, el cainismo… Estepona.

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22 septiembre 2009

La pereza



Pocos pueblos han tenido tan mala suerte con los tópicos como el pueblo andaluz y muy pocos pueblos han trabajado tan esforzadamente como el pueblo andaluz para perpetuar esos tópicos por los que se desangra. ¿Cuántos ofician de graciosos aquí? ¿Cuántos se divierten haciendo reír a los de fuera con una pose forzada de cateto? La sociedad andaluza, desde luego, evoluciona, cambia, y nada tienen que ver los andaluces de hoy con los que retrataban los escritores románticos hace cien años o con los que fustigaba Ortega, hace cincuenta años. Salvo algo que permanece igual, el espécimen del andaluz del tópico que atraviesa generaciones. Si no lo han visto aún, les recomiendo que busquen en Internet los vídeos de dos actores sevillanos, Mundo Ficción, porque ahí encontrarán la demostración divertida, caricaturesca, de esa imperturbabilidad. Los sevillanos, como los gaditanos o los malagueños, como los andaluces en general, están encantados de que se les identifique con el tópico.

Evoluciona la sociedad, se extingue el analfabetismo y los fondos europeos entierran la Andalucía del señorito del cortijo; aparecen modelos emergentes que provienen del progreso y también de la marginación, pero entre ellos siempre se mantendrá invariable un gracioso profesional, retratos precisos de sus padres y de sus abuelos. ‘Niño, dale una pataíta al olivo’.

No se agotan ahí los tópicos, en cualquier caso, que los andaluces fomentan a diario. Junto a los anteriores, los andaluces parecen empeñados en recrear todos los días la imagen de su pereza. ¿Por qué Cádiz es la provincia con mayor índice de absentismo laboral? La secuencia es la de siempre, España es el país de Europa con más absentismo laboral; Andalucía es la región de España con más absentismo laboral; y Cádiz es la provincia con mayor absentismo de Andalucía, de España y de Europa. Y siendo esto así, ¿por qué nos hace gracia que se pasee por las teles un tipo gordo, embutido en una camiseta del Cádiz, que presume de no darle un palo al agua? La respuesta, política, sindical y social, tendría que ser la contraria, de rechazo al zángano carnavalero, al obrero que abusa de sus compañeros con bajas injustificadas. Pero no. Será porque, al final, se considera que lo normal, eso que llaman picaresca, es engañar a la empresa.

Como estas dos noticias de ayer. En Granada, decidió abrir un negocio, un bar, y contratar a una persona. Pues bien, de las 82 personas que se interesaron por el puesto de trabajo, 78 de ellas rechazaron la oferta porque preferían seguir cobrando las ayudas al desempleo a tener que darse de alta en la seguridad social. La situación produce frases surrealistas: «No trabajo porque entonces pierdo el paro». Reflexionen sobre esa contradicción. Pero no ocurre sólo en Granada. En Huelva, hace meses que se ofrecieron 2.582 puestos a los 13.500 desempleados que hay en la provincia. ¿La crisis más grave de los últimos tiempos? ¿Las cifras de paro más altas de Europa? Pues bien, sólo mil quinientas personas se han ofrecido para trabajar; el resto, doce mil, personas, sigue la lógica de Granada, «si trabajo, pierdo el paro».

Después de visitar Andalucía a principios del siglo XX, W. Somerset Maugham escribió que la opinión pública universal etiqueta a los pueblos con un epíteto, como un veredicto lapidario. El francés voluble, el alemán tozudo, el orgullo español o el flemático inglés. «Los habitantes de Andalucía son tan felices de este modo que desconocen el aburrimiento, satisfechos de poder quedarse al sol durante horas y horas sin conversar, pensar ni leer. Jamás de cansan de holgazanear».

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21 septiembre 2009

La sociedad pop



Que dice el nuevo baranda de la Junta, y por ende el nuevo referente de los socialistas andaluces, José Antonio Griñán, que al socialismo español lo que le hace falta es un «rearme ideológico». Lo ha dicho en el comité federal, el foro de debate donde se oyen más aplausos que voces, eso dicen ellos. Quizá por eso Griñán, como el resto de barones regionales, ha utilizado esa expresión, el ‘rearme’, porque antes que crítica, el rearme sugiere reafirmación, defensa numantina, introspección, autoafirmación. Un rearme ideológico es como un auto de fe actualizado, que para algo los partidos políticos imitan continuamente las técnicas de poder de la Iglesia y se aplican igual frente a los disidentes o herejes. El caso es que aquella reunión de la cúpula del PSOE buscaba justamente eso, «el rearme ideológico» y, sobre todo, «que nadie de fuera» les escriba el guión porque «no aceptan lecciones». Queda clara, pues, la predisposición endogámica.

Casi al tiempo que Griñán, otro destacado socialista, Jordi Sevilla, que es uno de los últimos elementos expelidos por la fuerza centrífuga del zapaterismo, ha defendido en una conferencia la necesidad de refundar la socialdemocracia, en línea con las opiniones que se oyen en Europa cada vez que unas elecciones demuestran la grave crisis de la izquierda y la dificultad de sus dirigentes para ofrecer políticas distintas a la crisis económica actual. (Tiene gracia, por cierto, que el debate ahora pueda ser la refundación de la socialdemocracia. Qué giro tan interesante: la crisis económica se inició con exigencias de refundación del capitalismo y va a terminar llamando a la refundación del socialismo). A lo que iba: en Francia, el filósofo Marcel Gauchet sostiene que «la crisis del Partido Socialista proviene de una ausencia de perspectivas intelectuales». No se ve a Gauchet, por tanto, partidario de cataplasmas hueras, del tipo de la sostenibilidad y la pegatina, sino de algo más profundo, como una vuelta a repensar la izquierda. Que es lo contrario, en fin, del rearme que se pide en España.

Pero, por qué se da esa diferencia; por qué en España se busca la reafirmación de lo conocido mientras que fuera de aquí se pide rehacer la ideología. Es la duda que se suscita por algo ya apuntado otras veces, la excepcionalidad de la política española y, en especial, de la andaluza que, con un desempleo que en breve será del veinte y del treinta por ciento, discurre plácidamente por las recetas socialdemócratas que se rechazan en Europa, con una media de paro del diez por ciento.

En España, y en especial en Andalucía, la balanza política inclina la hegemonía hacia el lado más amable, más cómodo, sin complicaciones; triunfa una política sencilla, elemental, pegadiza, muy asimilable por el gran público. ‘La política es un estado de ánimo’, que podría ser la máxima del actual PSOE. Lo cual, que tiene mucha razón Claudio Magris cuando retrata de forma magistral el talante del socialismo español al decir que Zapatero «es un político ‘pop’ que vive más pendiente de ofrecer una imagen agradable que de responder a un ideario». Añade Magris que «un país no puede gobernarse ininterrumpidamente con mensajes ‘pop’ de consumo fácil, sin puntos de vista sólidos» y eso nos lleva a una inquietud mayor: ¿Qué ocurre en un país si lo que impera no es un dirigente ni un partido, sino una ‘sociedad pop?

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30 agosto 2009

El remolino



Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Lo esperaba así porque se le atravesó el poema en la cabeza, porque pasaba las páginas del periódico en la playa, se detenía en los titulares y en las fotos y alzaba la vista al mar como si esperase una respuesta del horizonte, una señal que surgiera de la línea incierta que los sacerdotes indicaban con el dedo para situar el abismo, el fin de la tierra, las puertas del infierno. Miraba el horizonte desvaído de la mar porque intuía que en aquella calma se anunciaba la tragedia que estaba por venir; aquella calma de gentes desnudas, agolpadas sobre la arena, revueltas en el mar, apelotonadas en el chiringuito… aquel amasijo no era más que un presagio de la psicosis colectiva que estaba por llegar. Y volvía otra vez los ojos al periódico de los últimos días de agosto, «cuatro muertes en dos días por la gripe A». Repasaba los titulares y se acordaba del poema. «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos».

No había más que pensar en el contraste inmenso entre aquel instante de la playa masificada y el de una semana después, justo una semana después, cuando vuelva al trabajo y en la entrada del metro o en la puerta del edificio de oficinas se encuentre a unos tipos con mascarilla repartiendo folletos del gobierno. «Evite los besos y los abrazos, no comparta comida ni cubiertos ni vasos, ni le estreche la mano a nadie, lávese las manos a cada instante…». No había más que pensar en ese contraste, hoy juntos en el mar y mañana separados por la mascarilla de la desconfianza hacia todos; hoy juntos en la ducha de la playa y mañana despavoridos en un ascensor. El viento agitaba las páginas del periódico en la playa, cuatro muertos en 48 horas, y él miraba a su alrededor porque no podía ser casual que hubiera coincidido esa noticia con el final del verano, con la última oleada de calor pegajoso. Miraba el horizonte como esperando en que una nube negra apareciera de repente a lo lejos, primero un punto diminuto y luego una masa perfectamente distinguible que crece y crece sin parar, que se acerca y se acerca sin parar, como una plaga de langosta que iba a invadir la orilla en poco tiempo. Así, de esa forma, imaginaba la gripe A: lo peor no eran los miles de afectados ni las muertes, sino la plaga de desconfianza, de pánico, que invadiría la ciudad cuando las playas se quedaran desiertas y las olas se estrellen solitarias contra la arena.

Hemos vivido ya la primera gran crisis de la globalización y hemos sufrido el primer movimiento terrorista de la globalización. La gripe A es ya la primera pandemia de esta era, el primer virus de la globalización, y, como en los fenómenos anteriores, serán peores los efectos de la comunicación global que los del virus de la gripe. El miedo planetario, la desconfianza general, no se expande a consecuencia de un reguero de muertes, como la peste en la Edad Media, sino por el efecto de la psicosis que se genera. El efecto multiplicador de cuatro muertes provoca un estado de alerta devastador entre millones de personas. El virus se controla con una vacuna, pero ¿quién está a salvo del miedo, quién nos inmuniza de la psicosis? A la globalización le faltaba un virus; ya está aquí.

«Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». Y no será la III Guerra Mundial ni la bomba atómica de un tirano fundamentalista; no será tampoco el cambio climático ni ningún virus letal, vendrá la muerte y tendrá tu nombre, histeria, histeria colectiva, que es la plaga que nos trae la globalización. La última línea del poema de Pavese lo dice todo: «Descenderemos al remolino, mudos».

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Castrados



Debe parecerles el Constitucional como el lobo del cuento, que desde hace semanas enseña la patita enharinada por debajo de la puerta a ver cuál es la reacción de los tres cerditos, coincidencia casual del tripartito. Sí, porque lo que parece es que el Tribunal Constitucional no se atreve a hacer pública la sentencia del Estatut que mantiene guardada desde hace meses, o años, quién lo sabe, y se filtran algunos aspectos, globos sonda para ir atemperando la ira, la desafección, para ir acostumbrando el cuerpo a la sentencia que declarará inconstitucional una parte sustancial del Estatuto de Cataluña.

A principios del verano, en la primera remesa de filtraciones, se dijo que la sentencia recortaría las exigencias –imposiciones– catalanas de financiación ya que el Constitucional ya se había pronunciado al respecto en marzo de 2007. Se referían al pleito andaluz de la ‘deuda histórica’, cuando el Constitucional dejó sentado que es el Estado quien «tiene la competencia exclusiva para configurar el sistema de financiación de las comunidades que considere idóneo». Ahora, en esta asegunda remesa de filtraciones de la sentencia, se afirma que el Constitucional tiene decidido la inconstitucionalidad del «deber de todos los ciudadanos de conocer el catalán» y del concepto de nación, que conduce a establecer «relaciones bilaterales» con el Estado.

La primera enseñanza de un Estado de Derecho consiste en saber que nadie, ningún ciudadano, ningún colectivo, ninguna institución, está por encima del imperio de la ley. Ocurre, sin embargo, que, para burlar este principio elemental de una democracia, la reforma del Estatuto catalán, con la complicidad del Gobierno de Zapatero, ha estado forzando la legalidad desde el primer instante de la reforma. Se trataba, sencillamente, de imponer la política de los hechos consumados. De ahí, el ridículo del Constitucional, que no se atreve a hacer pública una sentencia, y de ahí las amenazas de la clase política catalana, contrarias a aceptar cualquier recorte del Estatut.

Había otro camino, claro, el mismo camino que se recorrió cuando se diseñó en la Transición el sistema autonómico y el Estado se garantizó su propia pervivencia con dos normas elementales: El recurso previo de inconstitucionalidad y la ley de los referéndums.

El primero garantizaba que cualquier estatuto o ley autonómica no se pudiera aprobar si previamente el Tribunal Constitucional no certificaba su legalidad. Lo segundo, la ley de referéndums, aprobada por UCD y el PSOE para frenar el proceso autonómico, establecía que los estatutos de autonomía tenían que superar un referéndum de máximos, con más del cincuenta por ciento de síes sobre el censo electoral, no sobre los votos emitidos.

Pasado el tiempo, cerrado el mapa autonómico, las dos medidas se eliminaron. Si se hubieran activado con la segunda oleada de reformas de estatutos, que es lo que se le exigía al Gobierno, ni el estatuto catalán ni el estatuto andaluz se hubieran aprobado (ni siquiera la participación –no ya los síes– llegaron al 50 por ciento). Ahora, tres años después, el Constitucional es un tribunal desacreditado y vilipendiado, y la clase política catalana es un triquitraque de barbaridades antidemocráticas.

Victoria Prego, en una de las remesas de filtraciones, comparó la sentencia sobre el Estatut con la ‘castración química’. Bien, pues ya veremos al final quién resulta castrado.

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Clandestinos



Un bocata en la mano y en la otra un papel con un nombre escrito: «Plaza de Catalunya». Podemos imaginar la escena. Llegan en furgones, de madrugada, y les abren las puertas de par en par. Por primera vez, desde que la Guardia Civil localizó su patera en alta mar, se abren las puertas y detrás no se divisa el patio fortificado de un ‘centro de internamiento’, denominación eufemística de la privisión provisional a la que se conducen todos los inmigrantes sin papeles, sin patria, sin nada. Bajan del furgón desconcertados, tras horas de viaje desde Almería, y un policía les señala la avenida. Ya se pueden ir. El bocadillo en una mano y el papel escrito en la otra es la señal que les indica la libertad, el salvoconducto que les otorga, desde ese mismo instante, la condición de ‘ciudadanos clandestinos’ de la Unión Europa.

Dicen en el sindicato de Policía que ha denunciado el traslado clandestino de los inmigrantes que siempre se elige como destino ciudades grandes porque, así, entre tanta gente, entre tanto trajín, «el impacto visual genera menor alarma social». ¿Y nosotros? ¿Debemos alarmarnos?

En la comisaría de Policía de Barcelona, que confirman el traslado de los inmigrantes pero desmienten los aspectos más chuscos, ofrecen una explicación que, acaso, nadie pueda discutir: lo ocurrido es inevitable, no hay otra salida. Es decir, todos esos inmigrantes pertenecen a países con los que no existen tratados de repatriación. Una vez superados en un centro de internamiento los 40 días máximos de reclusión (que ya es un delirio para un Estado de Derecho, porque no se les acusa de ningún delito pero se les retiene), ya sólo queda una salida, la libertad. O sea, la clandestinidad, la marginalidad.

Insisto, ¿debemos escandalizarnos por estos hechos? A estas alturas del fenómeno de la inmigración ilegal, es probable que la mayoría entienda que es verdad, que no hay otra salida; que la clandestinidad sólo podría combatirse con una barbaridad mayor, como convertir la inmigración ilegal en delito. Por tanto, sí, es verdad, no hay otra salida. Acaso como el problema mismo, que no tiene salidas. Sólo obsérvese un detalle: estos traslados se producen con un Gobierno del PSOE y entre dos comunidades gobernadas por el PSOE. Cuando la Policía denunciaba estos traslados durante el Gobierno del PP, todos esos que hoy les ponen un bocadillo en la mano y una dirección en la otra, sí se escandalizaban. Decían: «La responsabilidad del Gobierno no es distribuir a los inmigrantes por territorios del resto del España, sino, por el contrario, repatriarlos a sus lugares de origen con todas las garantías jurídicas y judiciales. Ahí está el fracaso de la política migratoria del Gobierno del PP». ¿Y ahora?

No es la clandestinidad de esos pobres lo que alarma, sino la clandestinidad política, la falta de escrúpulos. Eso sí que debe alarmarnos. Y de paso, aprender para cuando vengan otra vez con el mantra progre.

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Perseguidos



Un gerifalte policial pregunta intrigado: «¿Por qué ha decidido el PP ponerse en contra a todos los policías, los guardias civiles y los fiscales, si resulta que en uno de esos cuerpos la mayoría de gente comulga con el Partido Popular?» Se refiere a las denuncias de estos días en las que dirigentes del Partido Popular afirman que, por instrucciones del gobierno, los policías, los guardias civiles y los fiscales están sometiéndolos a una persecución indecente en toda España. «No sé, exactamente, a qué se refieren –prosigue el gerifalte– pero lo que está claro es que la mayoría son simpatizantes del PP y no entienden que utilicen su culo para darle una patada al Gobierno».

Ciertamente, aunque los sindicatos policiales han tenido desde el origen una inclinación natural hacia izquierda, en la actualidad el reiterado incumplimiento de las promesas de mejoras con la que el PSOE llegó a La Moncloa –olvidos y engaños que se convierten en insultos porque policías, guardias civiles y militares siempre son los últimos de la lista– les ha llevado a un enfrentamiento abierto con el Gobierno de Zapatero. Igual puede ocurrir en la Guardia Civil, con el agravante de la decepción por las mentiras del proceso de paz, y para qué hablar de la Fiscalía, donde la asociación mayoritaria es la conservadora, al igual que en la judicatura. En definitiva, que, al menos en teoría, como dice el gerifalte, la denuncia del PP nos lleva a una contradicción conceptual y política: la mayoría policías, guardias civiles y fiscales votarían al Partido Popular pero, a diario, trabajan en contra del Partido Popular. ¿Están, por tanto, equivocados? Quizá ni una cosa ni la otra. Veamos.

Parece evidente, por un lado, que las estrategias del PP suelen ser toscas, ‘manca finezza’, y en este caso la generalización a todos los agentes, a todos los fiscales, es una torpeza evitable: se trataría sólo de culpar al Ministerio del Interior y, en todo caso, a las cúpulas policiales. De la misma forma, extender la denuncia a toda España, a todos los cargos públicos del PP, es un exceso evidente: se trataría de resaltar sólo los cinco o diez casos constatables sin caer en la denuncia de un ‘Estado policial’, como se ha dicho.

La eficacia en la comunicación política no consiste en el exceso, en el exabrupto, en el trazo grueso. Y esta lección debería aprenderla el PP cuando, como es el caso, lo que está acreditado es que el PSOE, sobre todo cuando está en el Gobierno, es capaz de utilizar todos los resortes a su alcance para neutralizar al contrario. ¿Es probable que Interior haya grabado conversaciones a dirigentes del PP y las haya filtrado a la prensa amiga? Sí, claro, y no sería la primera vez. ¿Es probable que el PSOE utilice la fiscalía en su exclusivo interés político, más de lo que lo haría el Partido Popular? Desde los episodios de ‘El Pollo del Pinar’ cuando el GAL, no hay dudas. ¿Y es probable que el PSOE fuerce la detención de algunas personas, rivales políticos, más allá de la legalidad? Sí, claro, y tampoco sería la primera vez. ¿Y es probable que el PSOE niegue las acusaciones y que logre, además, invertir los términos, con la fuerza de su maquinaria mediática, y convertir la polémica en un arma de desgaste de quien denuncia? Desde el ‘espionaje’ andaluz, o sea, todo está dicho: el espiado acabó sentado en el banquillo y los que le espiaban, con la pose del orgullo herido, lo acosaron con querellas.

Lo cual que, sumando todas las respuestas, bien haría el PP en considerar que su ‘manca finezza’ y la falta de pruebas contundentes, puede acabar convirtiendo este asunto en un serio problema para ellos mismos.

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25 agosto 2009

Keynes bobo



John Maynard Keynes, cuánto despilfarro se comete en tu nombre. Porque no hace falta ser un especialista en la obra de Keynes para entender que la frase famosa de las zanjas, abrir y tapar zanjas con tal de dar trabajo a los parados, no se debe entender más que como un juego de palabras, una hipérbole provocativa que no se puede aislar de su contexto, una teoría económica compleja que entiende el desempleo como una consecuencia fatal del sistema capitalista. Pero nada, ahora, con este reduccionismo ideológico, se pone en práctica un subgénero progre de la teoría económica de Keynes, una especie de Keynes bobo, y se despilfarran miles de millones en levantar aceras, calles y plazas para volver a adecentarlas luego. Y vallas, gigantes, que solemnizan el disparate. Como ésta por la que paso, admirado, todos los días: «Obras de Adecuación Puntual en Espacios Públicos. Plan E. Gobierno de España». El colmo, o sea.

A principios de los ochenta, cuando se cumplió el primer centenario del nacimiento de Keynes, el profesor Fuentes Quintana publicó un extenso ensayo sobre su obra en el que destacaba la obsesión del economista británico por el alto número de parados de Inglaterra, del diez por ciento en los años 20 y del veinte por ciento en la década posterior, tras el crack de Wall Street. «¿No es la simple existencia del desempleo general un absurdo en cualquier época, la confesión más irrefutable de un fracaso, y el anuncio más terminante y desesperanzador de que una economía no funciona?». Keynes se hizo esta pregunta y su respuesta, en la Teoría General, supuso una revolución que pervive. Y sí, aconsejaba la intervención pública en épocas de depresión como medio para reactivar el mercado. Lo único que ocurre es que si Keynes se hubiera hecho esa misma pregunta en la España actual, con expectativas del 20 por ciento de paro, o en Andalucía, con expectativas del 30 por ciento de paro, es muy probable que la respuesta no hubiera sido la misma. Dicho de otra forma, si la existencia de un paro crónico es, como decía Keynes, «la confesión más irrefutable de un fracaso», lo que ha fracasado aquí claramente es un modelo económico, como el del Plan E, que crea una economía dependiente, una inmensa red de burocracia política y una administración endeudada hasta las cejas. Lo cual, que la revolución aquí, a lo mejor no está en seguir engordando lo público, a costa de adelgazar con impuestos las economías privadas, sino en todo lo contrario.

En el ensayo aquel de Fuentes Quintana, ya se advertía que «Keynes es muy peligroso para los aprendices de economistas». Es de suponer que sería por esto de pensar que todo consiste en abrir y tapar zanjas, que para colmo, tampoco es literal. Lo que decía Keynes, que se declaraba liberal, es que es preferible pagar a los trabajadores para cavar pozos en la tierra y rellenarlos luego, que dejarlos de brazos cruzados y privar a la economía del efecto multiplicador de sus salarios. De ahí al Plan E, en España, en estos momentos, va un trecho insalvable. Ni Keynes ni nadie sensato renuncia a una inversión pública efectiva, a que el dinero público se invierta en infraestructuras tecnológicas, por ejemplo, en vez de sustituir baldosas. Claro que eso requiere proyectos más serios, no parcheos. No hay más que observar el panorama. Todas las ciudades patas arriba, todas las calles rodeadas de vallas, edificios cercados, garajes inutilizados, destripadas por cientos las cloacas, sin control posible en los ayuntamientos porque no hay técnicos suficientes para tanta obra pública de golpe. Qué otoño nos espera…

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